¿Qué tanto puede soportar una persona?

¿Qué tanto puede soportar una persona? alguien debió preguntárselo. Hermenegilda llegó a las 6:00 PM del mercado, y no había sido un buen día, los acreedores pasaron esa tarde y tuvo que pagarles con lo poco que pudo conseguir en las ventas de ese día. Sabía que no tendría nada que cenar, a menos que Alfredo su esposo resolviera. Un conflicto mayúsculo sucede cuando las gotas de agua rebosan el vaso y los cuatro jinetes entran a tu casa a guardar sus caballos.

Esa tarde, Alfredo, quien conchaba en la ruta del nueve, alegaba no haber conseguido nada en el día completo; la colecta no bastó para cubrir el gas y la reparación de una goma. Debió haber patrocinado el almuerzo de la familia de Carmen, probablemente ese debito no fue registrado claramente en la contabilidad de Alfredo, al menos no para su esposa. Pobre Hermenegilda literalmente hablando, la frustración y desesperación golpean sus células a cada instante, la impotencia de saber lo miserable que es y lo poco que ha podido ser en la vida, ese demonio que la observa en las mañanas cuando se mira al espejo y sabe, que ese pedazo cuasi inerte de carne no es nadie más que ella y sus miserias juntas y que todo lo que trata de hacer se desmorona en menos que el bosón de higgs.


¿Cómo explicarle a Hermenegilda lo desgraciada que es su vida a ese punto de no conseguir que mierda comer? ¿Cómo darle un centímetro cuadrado de esperanza? ¿Cómo mentirle y decirle falsamente que echará para adelante y que todo estará bien?


Nadie puede, porque no existe una puta garantía para ello. Morirá retorcida de la enfermedad pulmonar crónica obstructiva que algunos llaman pobreza. Nació genéticamente con ella, y nunca podrá curarse. La proyección de su futuro es totalmente siniestra. A ese nivel, cualquier cosa que le pase en su mejoría, puede bien considerarse un regalo o milagro de Dios.

La tarde en cuestión, Hermenegilda tomó asiento al borde de su cama, apretó el colchón con las dos manos, imagino tratando de localizar el aliento, respiró hondo intentando contener el llanto, el nudo en la garganta era demasiado duro y fatídico, imploró a Dios, a la virgen, y a unos doce santos más, lloró para sí, y llamó a Alfredo:

– ¿Tu cre´que e´posible? ¡buen mierda!, que uno no jalle qué comé ¿Umm?? – Le ardían los ojos, y el llanto mudo salía de sus ojos. Había contenido esa ira por mucho tiempo.

– ¿Pero qué lo que tu quiere?, ehh, ¡Mujel del Diablo!, tu ere loca eh. ¡Tú cre´ que eh jugando que uno anda coño, buena azarosa! – Alfredo le hizo frente, error alpha. Subió su tono de jefe de la manada, nadie le dijo lo peligrosa que es una mujer herida y precisamente en un barrio dominicano.

No se dijo más, una vieja botella de coca-cola reposaba al lado de la cama con una vela de mosquitos. La tomó por el cuello, y sin pensarlo dos veces, impactó la cabeza de Alfredo.

Las cicatrices en el cuero cabelludo inhiben en el área el crecimiento del pelo. Para la buena suerte de Alfredo, ya era calvo, en contrario para su desgracia, por el resto de su vida exhibiría la marca de que su mujer lo partió y ser objeto de burla de todos los choferes de la ruta. Después de esto, Carmen lo dejó. Evitar un problema es una muy sabia decisión que pocas veces vemos en un barrio.

Fragmento de las mortajas del barrio. – Escrito en un 33% por mí y no decido terminarlo.

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